La
Historia
Se trata del último molino harinero hidráulico que
sigue en pie en la provincia. Está sobre calle San Martín,
en Carrodilla (Luján), y es una reliquia patrimonial que
marca una época en la que los molinos constituían
una actividad económica importante para Mendoza, incluso
antes de que se afianzara la vitivinicultura.
A principios del 1900 se incendió, pero siguió funcionando.
En 1925 lo compró la familia Reynaud, quienes lo explotaron
hasta hace una década.
Funcionaba
en base al movimiento del agua que traía un canal. Producía
distintas harinas y derivados de los granos. En 1993 dejó
de trabajar, pero todas las piezas originales del siglo XIX se
mantienen y pueden funcionar, hay moledoras, cernedores, trituradoras,
correas y poleas en perfecto estado. “Cuando esto se ponía
en marcha se movía todo, era impresionante”, cuenta
Roberto Cruz, esposo de Marta Reynaud,
quien fue el encargado del molino los últimos 25 años.
Marta
aún recuerda cuando jugaba de niña en el galpón
del molino. Es que el lugar es patrimonio de su familia desde
1925: “Mi abuelo lo compró, luego se hizo cargo
mi papá y después mi esposo”, enumera Marta.
Las
maderas del piso crujen mientras se camina y hay que esquivar
los engranajes enormes, poleas y elevadores de madera que atraviesan
todo el edificio. En varios puntos hay balanzas y herramientas
del siglo XIX y más atrás, bajo las piedras moledoras,
aún quedan requechos de harina de maíz, como muestra
de la actividad que tuvo el lugar durante 130
años. Son tres pisos de tapiales y adobe plagados de
artefactos, unidos por escaleras de madera y alumbrados con
la poca luz natural que logra entrar.
La
Municipalidad de Luján lo declaró como sitio de
interés cultural e histórico y hay un proyecto para
que sea un museo temático. “Es muy importante por
la tipología. Es testigo de una forma y un recurso que
tuvo la provincia hace 200 años. Ese molino cumple un fin
didáctico importante”, aseguró el director
de patrimonio, Edgardo Priori.
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El
Funcionamiento
El
molinero llegaba temprano en la mañana y lo primero que debía
hacer era cerrar una compuerta para que el agua se junte. El paso
siguiente era mover una especie de timón para que todo el
proceso de producción se iniciara, mientras afuera se tostaba
el maíz.
El
agua del canal entraba por abajo del edificio y la presión
hacía mover una turbina italiana que es el corazón
del molino. A partir de allí, un eje central movía
las poleas, elevadores y las piedras moledoras. Luego de que los
granos pasaban por una primera molienda en la mazamorrera, las piedras
traídas de Europa se encargaban de hacerlo harina. El tamizado
se hacía en el tercer piso del edificio. El paso siguiente
era embolsar el producto terminado para el despacho. Todo el proceso
era autosustentable y el agua usada volvía al cauce del canal
Cacique Guaymallén.
En los primeros años, el molino producía harina de
trigo, luego se utilizó casi exclusivamente para la molienda
de otros granos, especialmente maíz. El primer propietario
fue Esteban Sarramea, quien tenía varios emprendimientos
similares.
El
Reynaud es el último testigo en pie de la “Mendoza
molinera”, una época en la que se producía acá
el trigo con el que se hacía harina. Incluso se proveía
a provincias como San Luis, Santa Fe y Buenos Aires. En
total había aproximadamente 60 molinos, casi todos estaban
en Luján y Godoy Cruz de los cuales el de Carrodilla era
uno de los más importantes. “Conservar este molino
es fundamental por el estado del edificio y la maquinaria, que está
intacta”, aseguró la historiadora Paola Figueroa,
quien está investigando los detalles de esta actividad en
Mendoza durante el siglo XIX.
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